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De Rotterdam, Países Bajos, a Bogotá, Colombia: una camiseta, dos festivales y el derecho a la cultura

Foto del escritor: latinalternativera6
latinalternativera6
hace 3 horas
6 min de lectura

Tengo una camiseta de Baroeg Open Air.

 

Es de 2023.

 

Todavía la tengo.

 

Podría decir que es simplemente una camiseta de un festival de música. Pero para mí no lo es. Es una camiseta que, literalmente, me gané a base de sudor.

 

Ese año fui una de las 280 personas voluntarias que participaron en Baroeg Open Air. Trabajé en el ingreso del público, repartiendo información y ayudando también a colegas en backstage.

 

Por eso, cuando vuelvo a Baroeg Open Air, ya no lo miro solamente como público. Sé que detrás de los escenarios hay muchísima gente haciendo posible que todo funcione.

 

Y quizá por eso, estando aquí en Rotterdam, termino pensando en Bogotá.

 

Porque hay algo que tienen en común Baroeg Open Air y Rock al Parque, aunque sean festivales muy diferentes: los dos nacieron de escenas musicales que necesitaban un lugar donde sonar.

 

Uno ocurre en Rotterdam. El otro, en Bogotá.

 

Uno cobra entrada. El otro construyó una tradición de entrada gratuita.

 

Y ahí aparece una pregunta que para mí va mucho más allá de la música:

 

¿Quién puede acceder a la cultura y quién paga para que esa cultura exista?

 

Una pregunta que cruza el océano

 

Cada vez que digo fuera de Colombia que voy a hablar de Rock al Parque, algunas personas piensan inmediatamente en Rock in Rio.

 

Es comprensible.

 

Rock in Rio comenzó en 1985 y se convirtió en uno de los grandes festivales de música de América Latina.

 

Pero en Bogotá se estaba escribiendo otra historia.

 

Rock al Parque nació en 1995, cuando el rock colombiano todavía tenía pocos escenarios y pocas posibilidades de circulación. Lo que comenzó como una apuesta de gestores culturales, músicos y promotores terminó convirtiéndose en uno de los festivales gratuitos más importantes de América Latina.

 

Y este 2026 Bogotá celebra oficialmente sus 30 años.

 

Treinta años.

 

Tres décadas en las que una música que muchas veces fue mirada como marginal terminó ocupando parques y espacios públicos.

 

Para mí, eso también habla de política, pero no de política partidista. Hablo de la política en su sentido más sencillo: qué decide una sociedad financiar, qué considera importante y quién puede ocupar sus espacios.

 

Porque Rock al Parque nació en una Colombia atravesada por una violencia extrema.

 

Los años noventa fueron años muy duros. Narcotráfico, guerrillas, paramilitarismo, militarización. Pero al mismo tiempo existía otra necesidad, menos visible quizá, pero también muy real: lugares donde la gente pudiera encontrarse, escuchar música, expresarse y simplemente estar.

 

Y una Colombia armada

 

Porque cuando hablamos de esa Colombia también hay que recordar otra cosa.

 

A finales de los noventa y comienzos de los 2000 llegaron enormes cantidades de recursos para fortalecer la seguridad y las fuerzas militares.

 

Con Plan Colombia, Estados Unidos destinó miles de millones de dólares a Colombia. Entre 2000 y 2005 fueron alrededor de 4.500 millones de dólares en programas de asistencia relacionados con seguridad, lucha contra las drogas y apoyo militar.

 

Una parte muy importante de esos recursos terminó en armas, helicópteros, equipos y entrenamiento.

 

Y Colombia también compraba armamento a otros países, entre ellos Israel.

 

Fusiles, aeronaves, equipos militares.

 

Mientras se invertían miles de millones en una guerra que llevaba décadas, también había una generación de jóvenes buscando escenarios, música, palabras y lugares donde encontrarse.

 

Por eso hay una frase que para mí sigue teniendo fuerza:

 

Si hay dinero para la guerra, también tiene que haber dinero para la cultura.

 

No digo que esa frase explique el origen de Rock al Parque. No lo explica.

 

Es otra cosa.

 

Es una pregunta sobre las prioridades de una sociedad.

 

Porque también necesitamos lugares donde podamos encontrarnos, disentir y construir otras formas de convivencia.

 

Gratis no significa que no cueste

 

Rock al Parque cumple ahora tres décadas.

 

Tres décadas de música gratuita.

 

Pero gratuito no significa que no cueste.

 

Un festival de esta dimensión necesita artistas, escenarios, sonido, luces, seguridad, baños, limpieza, transporte, producción y muchísimas personas trabajando.

 

La diferencia es que el público no paga una entrada.

 

Y eso importa.

 

Pero también hay que decir algo más: la gratuidad tiene sus límites.

 

Si alguien viaja desde Cali, Medellín, Quito, Caracas o Buenos Aires, tendrá que pagar transporte, comida y alojamiento.

 

La entrada es gratuita.

 

El viaje no necesariamente.

 

Y ahí está una de las cosas que más me interesan cuando hablamos de acceso a la cultura: el precio de una entrada no cuenta toda la historia.

 

Y volvemos a Rotterdam

 

Baroeg tiene una historia que comenzó en 1981 y está profundamente vinculada a las músicas alternativas.

 

Baroeg Open Air fue gratuito durante muchos años. En 2019 comenzó a cobrar entrada, en un contexto de aumento de los costos de producción y de los cachés de las bandas, mientras los ingresos de subsidios y patrocinio se mantenían estables.

 

Pero tampoco aquí la historia es simplemente: pagas y ya.

 

El festival funciona con una combinación de ingresos y apoyos.

 

Y tiene algo que para mí resulta fundamental: la gente.

 

En 2023 fuimos 280 personas voluntarias.

 

Yo estaba allí.

 

Beb y Toos.

 

Las mujeres de los baños.

 

Para quienes no las conocen, Beb y Toos son dos mujeres de Rotterdam que recuperan, con humor y mucho carácter, la figura de la toiletjuffrouw, la mujer encargada de cuidar y mantener los baños.

 

Pero ellas no trabajan solas ni son una iniciativa aislada. Hacen parte de una propuesta más amplia de la familia Van Crossfit Crossfight, un grupo integrado por muchas mujeres que trabajan en cada evento para el que son contratadas.

 

En Baroeg Open Air aparecen con sus vestidos, sus pañuelos y sus peinados, junto con esta familia y este equipo de mujeres.

 

Su trabajo es mantener los baños limpios, sí.

 

Pero también conversan con la gente, hacen bromas y reciben al público.

 

El propio festival las presenta con una frase que me encanta:

 

“Beb en Toos houden uw toiletjes smetteloos”.

 

Beb y Toos mantienen sus baños impecables.

 

En medio de un festival de metal, punk, hardcore y rock, parecen venir de otro universo.

 

Y justamente por eso me encantan.

 

Porque no están sobre el escenario, pero forman parte del festival.

 

Y me hacen pensar en todas esas personas que aparecen poco cuando hablamos de cultura: quienes limpian, montan, reciben, cocinan, producen, cuidan y sostienen.

 

Son trabajos que muchas veces pasan desapercibidos.

 

Hasta que dejan de hacerse.

 

Beb y Toos me recuerdan algo muy sencillo:

 

no hay que subirse a un escenario para formar parte de un festival.

 

A veces también se hace cultura desde un baño.

 

Y ahora, Bogotá

 

Quizá por eso queremos volver a Rock al Parque.

 

Desde Latin Alternative Radio vamos a iniciar el proceso de acreditación de prensa y esperamos poder estar allí desde los Países Bajos.

 

Y si finalmente podemos estar en Bogotá, queremos hacer un Plan B.

 

Contar estos 30 años desde muchas miradas.

 

Las bandas.

 

Las historias.

 

La escena.

 

Quienes estuvieron desde el principio.

 

Las nuevas generaciones.

 

Y también la pregunta por el futuro de un festival público y gratuito.

 

Porque yo ya estuve allí.

 

Hace muchos años cubrí Rock al Parque con acreditación de prensa.

 

Tengo una historia con ese festival.

 

Y ahora estoy construyendo otra.

 

Esta vez desde Rotterdam.

 

Desde los Países Bajos.

 

Desde Latin Alternative Radio.

 

Porque LAR está dejando de ser solamente un programa de radio para convertirse en una estación.

 

Una estación que quiere conectar talentos alternativos latinoamericanos con artistas y proyectos de los Países Bajos y de Europa.

 

Queremos encontrar esas bandas, esas voces y esas propuestas que muchas veces están lejos de los grandes circuitos, pero que tienen algo que decir.

 

Que una banda de Cali pueda sonar en Rotterdam.

 

Que una artista de Bogotá pueda encontrarse con una escena de Ámsterdam.

 

Que alguien en Europa descubra una propuesta que nació al otro lado del océano.

 

Y que desde aquí podamos seguir contando América Latina, mientras también escuchamos lo que está pasando en Europa.

 

Porque quizá de eso se trata este nuevo capítulo.

 

De tender puentes.

 

De abrir micrófonos.

 

De poner a conversar escenas que están separadas por miles de kilómetros, pero que comparten algo fundamental: la necesidad de crear, de sonar y de ser escuchadas.

 

Y tal vez por eso esta historia comenzó en Rotterdam, viajó hasta Bogotá y termina nuevamente aquí.

 

No como un punto final.

 

Más bien como una señal de salida.

 

Una nueva estación.

 

Nuevas voces.

 

Y un océano entero por conectar.

 

Sandra Piedrahita

Latin Alternative Radio | Rotterdam.

Países Bajos

 
 
 

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